Todos los caminos llevan al Prado

Está terminantemente prohibido pisar Madrid y no ver una de las mayores pinacotecas existentes a nivel mundial: el museo del Prado. ¡Debería considerarse delito! Así que pasando el puente-fin de semana en la capital como hemos pasado,  mis padres no podían negarse (ni podían ni querían, todo hay que decirlo) a emplear una mañana en hacerle una visitilla. Digo visitilla cuando en realidad fueron fácilmente 3 horas de paseo, pero es que el museo es tan grande que con eso prácticamente no da ni para empezar. Aun así quería contaros mi visita. Lo que hicimos fue acceder desde la Puerta de Goya (el acceso principal), recorrer todo el pasillo central de la primera planta, que seguía una especie de ordenación cronológica, y deambular por las salas dedicadas principalmente a Goya y Velázquez. Al acabar, salimos por la puerta de Murillo (está debajo el plano, que estoy aquí hablando como si conociéramos el museo de toda la vida). Que tremenda frustración tener que pasar por la colección de arte clásico como si fuéramos en bólidos (estaba antes de la puerta de salida), pero ya no había tiempo. Visto desde fuera debía ser divertido, porque mi hermana pequeña me cogió de la mano y me decía: “no mires, Jorge, y camina. Y ni se te ocurra soltarte.”

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La verdad es que me hizo bastante ilusión visitar el museo y encontrarme con muchas de las obras que hemos estudiado en clase. Mi hermano estaba justo esos días estudiando para un examen de historia de España, y llegué a sentirme útil de poder contarle qué momentos, situaciones, etc. estaban representados en los cuadros. Y es cierto que cambia, MUCHÍSIMO, ver una obra en un proyector a verla en directo. Es una experiencia extraordinaria. Recuerdo tener delante el cuadro de Las meninas, 1556, de Velázquez, y “flipar en colores” (no he encontrado mejor expresión para la sensación). Además había una mujer a mi lado que sacó un bolígrafo y una libreta y se lo dibujó en dos minutos. Increíble. Una pena no haber podido hacer una foto.

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Las meninas

A pesar de que no vi mucho, sí creo poder sacar un aspecto general del sistema de exposición. Son siempre salas altas, que liberan el espacio, incluso en la planta baja, para nada pequeñas, si no espaciosas (supongo que para poder albergar un gran público), con una iluminación cenital indirecta que ilumina la sala en conjunto. Las circulaciones, además, potencian continuar con la exposición.  Y saben aprovechar muy bien sus recursos y mostrar sus mejores obras. Si nos situamos en el punto 27 del primer piso tenemos en un fondo de perspectiva, Las Meninas, y en el otro (perpendicularmente), La familia de Carlos IV, 1800, de Francisco de Goya. Éste es, a mi parecer, un punto clave del museo, un lugar que te hechiza y te obliga a permanecer y recorrerlo en busca de otros espléndidos trabajos como estos dos que el museo exhibe como carta de presentación.

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La familia de Carlos IV

Por último, el museo organiza, dentro de cada autor importante (no sólo español) varias salas, cada una destinada o a una temática recurrente del autor o a una etapa pictórica. Por ejemplo, en la zona de Diego Velázquez encontramos una sala destinada a la familia de Felipe IV, otra a la corte, otra a los enanos y bufones, otra de pintura mitológica…

La exposición de los cuadros de Goya se separa también en obras de la familia real de Carlos IV, familiares próximos, las pinturas negras…

Por último, hablar de las cartelas: era interesante porque incluían una descripción mínima de la obra, además del título, fecha, autor y técnica empleada. De esta manera hacía conocer la obra al espectador, y evitaba que fuera simplemente “un cuadro bonito porque sí”. Me parece realmente interesante porque consiste a ofrecer una información mínima, suficiente como para entender la obra pero no excesivamente densa. De esta manera el espectador puede decidir si le interesa la obra, e informarse, o si no necesita saber más. A todos no nos puede gustar lo mismo.

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La familia de Felipe V

Siguiendo este recorrido de retratos de familias reales, vimos también otro visto en clase, La familia de Felipe V, 1743, de J.Loo. Tengo que decir que me resultó muy gracioso ver que los dos niños que se encuentran abajo a la derecha se asemejan mucho al perro que tienen en brazos. Otras obras que hemos visto en clase que se encontraban en el museo (en la parte que yo vi, al menos, que seguramente habrá muchas más, como El descendimiento de la Cruz, 1438, van der Weyden, o El Jardín de las Delicias, 1503-04, el

Jardín de las delicias

Jardín de las delicias

Bosco) son, por ejemplo, Los fusilamientos del 3 de Mayo, 1814, de Goya, Las tres gracias, 1630-35, Rubens, o el Coloso, 1808-12, en principio atribuido a Goya, pero que según decía la cartela podría ser de un aprendiz suyo, Asensi Juliá. La de cosas que se descubren en un momento. También aprecié de nuevas, como Las hilanderas, 1657, Velázquez.

Las hilanderas

Las hilanderas

Junto a La familia de Carlos IV, 1800, de Francisco de Goya, había dos cuadros/estudios cuyo nombre no recuerdo que me resultaron bastante interesantes, puesto que estaban inconclusos, y gran parte del cuadro dejaba al descubierto la imprimación: se trataba de una imprimación naranja, puesto que el naranja es un color que permite mucho juego de sombras y luces en los retratos.

Por último, decir que las obras que más me gustaron fueron las pinturas negras de Goya. Tenía razón nuestra profesora que es cuando los artistas sacan su lado más oscuro de la imaginación a relucir el momento en que surgen sus mejores obras. Se trata una colección de cuadros cargados de simbolismo, que reflejan los desastres de la guerra y la depresión que sufría el artista. No llega a conocerse el significado de todas, y hay algunas realmente crudas, como Saturno devorando a un hijo, 1823, que habla de la obsesión por el poder. Es curioso como algunas de ellas tienen una simbología totalmente vigente o aplicable en la actualidad. Y eso que no estamos en guerra. Las dos más curiosas (las que más me gustan, básicamente) son Perro semihundido, 1823, y Las Parcas, 1819.

Las Parcas

Las Parcas

Perro semihundido

Perro semihundido

Y ahora sí, para acabar, el cuadro preferido de mi madre. No se vosotros, pero yo creo que mi madre tiene buen gusto. La obra es la personificación de la delicadeza y dulzura, y no podía ser de otra persona que de Goya, capaz de captar y reflejar a la perfección la manera de ser de cada uno. Se trata de La condesa de Chinchón, 1800.

 

La condesa de Chinchón

La condesa de Chinchón

Qué lástima no haberme quedado a descubrir más maravillas. Al próximo viaje será.

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Una respuesta a “Todos los caminos llevan al Prado

  1. Una pinacoteca importante es difícil, imposible diría, abarcarla en una sola visita. Sería un error. Veo que la tuya estuvo bien aprovechada. Me emocionó leerte, la verdad. Me alegro de que disfrutaras en las salas y frente a las obras. Muy bien… ¡y gracias!

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